viernes, 3 de julio de 2015

Una infeliz opinión

En una república, caudillista y conservadora desde sus inicios como es Perú, es de suyo difícil que sus gobiernos se vuelquen hacia el socialismo, aun democrática, en corto plazo. La existencia de grandes intereses económicos y políticos ligados a financieras y empresas transnacionales lo hace casi inviable.

Es real cuando se dice que el gobierno de Ollanta Humala se ha derechizado, mucho más allá de la Hoja de Ruta, impuesta para la segunda en los comicios de 2011. No debiera ser puesto en el olvido que hacia frente a la representante del corrupto y dictatorial régimen de los noventas, provista de una sola plataforma electoral: liberar a su padre.

Sin embargo, no debiera dejarse al margen algunos pasos de tipo social que dio, haciendo frente a la presión de medios de comunicación al servicio del conservadurismo como el conglomerado de prensa escrita, radial y televisiva, creada con miras al 2016.

Para nadie es un secreto que dichos medios aún contratan a encuestadoras para inducir en la opinión pública que el gobernante y esposa tiene índices de apoyo en significativo decrecimiento, sin tener en cuenta que García Pérez en su último año de su primer gobierno tuvo 9% de apoyo. Y éste es el primer gobierno de Humala.

Humala tuvo y tiene que soportar la más florida y despectiva adjetivación, incluso contra su dignidad personal, más allá de lo que se dijo contra el bonachón Alejandro Toledo, que llegó a la primera magistratura del país contando que fue lustrador de zapatos. 

Asimismo,  Humala intentó ser muy demócrata y le ha costado muy caro. Su procurador sectorial, en vez de actuar,  se cruzó de brazos. Si hubiese intervenido a la “primera de bastos” se habría evitado el libertinaje. Una severa acción en nada atenta contra la libertad de prensa o de opinión.

No es tampoco demagogo como aquel que en la construcción de los primeros metros del tren eléctrico tomaba cerveza en el casco de los obreros. Ni tiene una vida privada cuestionada aún por sus propios partidarios ni procesos judiciales prescritos ni es orador, engatusador de votantes incompetentes.

Humala, tuvo el error de no trazar una línea limítrofe. Valentín Paniagua, si lo hizo. En su corto periodo de gobierno de transición, no permitió que un locutor de Tv atentara contra su dignidad. Lo calló de un tajo al que decía “la verdad y siempre la verdad” y el medio se vio obligado a cerrar espacio.

El gobernante democrático no puede darse el lujo de ser muy tolerante, en un medio donde la apertura de una pequeña válvula de escape se convierte en libertinaje.  El peruviano siempre tuvo clavado en el subconsciente mantener la cordura en gobiernos fuertes, fruto de golpes de Estado. Y lo tiene como heredad por su rudeza de la sanción desde el coloniaje.

Fue así en el gobierno de Juan Velasco Alvarado. Hubo ausencia de protesta, pese a las reformas estructurales realizadas en todos los sectores productivos e industriales. Toda la derecha y sus partidarios quedaron con el rabo entre piernas, incluyendo la siempre desorientada izquierda incongruente con sus fines, hasta la llegada del salvador, Morales Bermúdez, y con él la reversión de todo el andamiaje de transformaciones.

¿GANADO?

A raíz de la encuesta, auspiciada por El Comercio, con “alto grado de insatisfacción con el régimen, en particular con el primer mandatario y con su esposa”, se lanzó comentarios más allá que la cordura recomienda.

Ser intelectual no recomienda que lance el concepto acorralado, señalando que “su primera acepción” del término es encerrar ganado. Dicha acepción, especialmente escogida, no puede sino ocasionar un justo rechazo contra su autor. Es tremendamente injusto y fruto de insolvencia profesional y moral, comparar al presidente de la nación peruana con ganado, por más que el autor de la columna periodística esté en radical oposición.

Es sumamente lamentable que haya caído en ese despropósito como cayó Luis Alberto Sánchez al considerar que Trilce era un disparate –para no mencionar más epítetos negativamente dañinos- a la obra considerada hoy, por la crítica universal, como la mejor de César Vallejo.

Dicho columnista debe saber –por concepción ideológica- que las revoluciones tienen que caminar, en un principio, con la burguesía y la alta burguesía hasta encontrar el camino previsto. Se tiene el caso chino, convertido hoy en gran potencia mundial, quiérase o no. Manifestar así no quiere decir ser chinófilo sino solo un libre pensador.


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