En una república, caudillista y conservadora desde sus
inicios como es Perú, es de suyo difícil que sus gobiernos se vuelquen hacia el
socialismo, aun democrática, en corto plazo. La existencia de grandes intereses
económicos y políticos ligados a financieras y empresas transnacionales lo hace
casi inviable.
Es real cuando se dice que el gobierno de Ollanta Humala se
ha derechizado, mucho más allá de la Hoja de Ruta, impuesta para la segunda en
los comicios de 2011. No debiera ser puesto en el olvido que hacia frente a la
representante del corrupto y dictatorial régimen de los noventas, provista de
una sola plataforma electoral: liberar a su padre.
Sin embargo, no debiera dejarse al margen algunos pasos de
tipo social que dio, haciendo frente a la presión de medios de comunicación al
servicio del conservadurismo como el conglomerado de prensa escrita, radial y televisiva,
creada con miras al 2016.
Para nadie es un secreto que dichos medios aún contratan a
encuestadoras para inducir en la opinión pública que el gobernante y esposa tiene
índices de apoyo en significativo decrecimiento, sin tener en cuenta que García
Pérez en su último año de su primer gobierno tuvo 9% de apoyo. Y éste es el
primer gobierno de Humala.
Humala tuvo y tiene que soportar la más florida y despectiva
adjetivación, incluso contra su dignidad personal, más allá de lo que se dijo
contra el bonachón Alejandro Toledo, que llegó a la primera magistratura del
país contando que fue lustrador de zapatos.
Asimismo, Humala intentó
ser muy demócrata y le ha costado muy caro. Su procurador sectorial, en vez de
actuar, se cruzó de brazos. Si hubiese
intervenido a la “primera de bastos” se habría evitado el libertinaje. Una
severa acción en nada atenta contra la libertad de prensa o de opinión.
No es tampoco demagogo como aquel que en la construcción de los
primeros metros del tren eléctrico tomaba cerveza en el casco de los obreros. Ni
tiene una vida privada cuestionada aún por sus propios partidarios ni procesos
judiciales prescritos ni es orador, engatusador de votantes incompetentes.
Humala, tuvo el error de no trazar una línea limítrofe.
Valentín Paniagua, si lo hizo. En su corto periodo de gobierno de transición,
no permitió que un locutor de Tv atentara contra su dignidad. Lo calló de un
tajo al que decía “la verdad y siempre la verdad” y el medio se vio obligado a
cerrar espacio.
El gobernante democrático no puede darse el lujo de ser muy tolerante,
en un medio donde la apertura de una pequeña válvula de escape se convierte en
libertinaje. El peruviano siempre tuvo
clavado en el subconsciente mantener la cordura en gobiernos fuertes, fruto de
golpes de Estado. Y lo tiene como heredad por su rudeza de la sanción desde el
coloniaje.
Fue así en el gobierno de Juan Velasco Alvarado. Hubo
ausencia de protesta, pese a las reformas estructurales realizadas en todos los
sectores productivos e industriales. Toda la derecha y sus partidarios quedaron
con el rabo entre piernas, incluyendo la siempre desorientada izquierda incongruente
con sus fines, hasta la llegada del salvador, Morales Bermúdez, y con él la
reversión de todo el andamiaje de transformaciones.
¿GANADO?
A raíz de la encuesta, auspiciada por El Comercio, con “alto
grado de insatisfacción con el régimen, en particular con el primer mandatario
y con su esposa”, se lanzó comentarios más allá que la cordura recomienda.
Ser intelectual no recomienda que lance el concepto acorralado,
señalando que “su primera acepción” del término es encerrar ganado. Dicha
acepción, especialmente escogida, no puede sino ocasionar un justo rechazo
contra su autor. Es tremendamente injusto y fruto de insolvencia profesional y
moral, comparar al presidente de la nación peruana con ganado, por más que el
autor de la columna periodística esté en radical oposición.
Es sumamente lamentable que haya caído en ese despropósito
como cayó Luis Alberto Sánchez al considerar que Trilce era un disparate –para no
mencionar más epítetos negativamente dañinos- a la obra considerada hoy, por la
crítica universal, como la mejor de César Vallejo.
Dicho columnista debe saber –por concepción ideológica- que
las revoluciones tienen que caminar, en un principio, con la burguesía y la
alta burguesía hasta encontrar el camino previsto. Se tiene el caso chino, convertido
hoy en gran potencia mundial, quiérase o no. Manifestar así no quiere decir ser
chinófilo sino solo un libre pensador.

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